LA MARICONIZACIÓN DEL CRISTIANO. La realidad es tan dura que ya nadie se asombra, porque nos hemos vuelto inmunes al desastre. “El juicio ha de empezar por casa” (1 Pedro 4:17), así que antes de mirar hacia afuera, pongamos la lupa sobre nosotros mismos, porque “a los de afuera juzgará Dios” (1 Corintios 5:13). ¿Existe una feminización del hombre cristiano hoy? ¿Si o no? No solo la hay, sino que el simple hecho de que la pregunta exista ya es prueba de la infección. El hombre cristiano se ha amariconado en todos los sentidos propios de la palabra, y vamos a poner las cartas sobre la mesa.
Las estadísticas lo confirman: el 64% de los cristianos en EE.UU. son mujeres, mientras que la asistencia masculina a las iglesias ha disminuido en un 20% en las últimas dos décadas (Pew Research, 2022). Las formas litúrgicas por lo tanto se han ido adaptando a ese “nicho de mercado”; es decir, si el grueso de las personas que asisten a las iglesias son mujeres, homosexuales y afeminados, entonces adornemos la liturgia para satisfacer la demanda creciente. No es ninguna sorpresa que, nuestros jóvenes, lejos de ser preparados para el mundo que han de enfrentar, estén haciendo piruetas en leggins con banderas.
La lectura no es una simple perorata contra la homosexualidad, ¡el problema está ahí!, El apologista evangélico William L. Craig, también lo ha vislumbrado, en sus palabras:
“En tercer lugar está mi afirmación de que la iglesia se está convirtiendo más y más feminizada. Lo que quiero decir con esto es que los servicios y los programas de la iglesia están en gran parte basados en factores emocionales y relacionales que atraen más a las mujeres que a los hombres. El problema de la falta de atracción de la iglesia a los hombres ha sido reconocido por los movimientos de hombres como Cumplidores de Promesas y libros como el de John Eldredge, Salvaje de Corazón. En ningún otro lugar esta feminización es más evidente que en la música contemporánea de adoración. ¡Alguien acertadamente” comentó que, si uno fuese a cambiar las referencias de Dios en muchas de las canciones de adoración con la palabra “nena”, ellas sonarían como canciones románticas entre un hombre y una mujer! Esto no sería verdad de los himnos clásicos como “Castillo Fuerte” o “¿Y Podría Ser?” Después de haber hablado con unos hombres jóvenes, encuentro que muchos de ellos están apagados por esos sensibleros servicios de adoración y prefieren no asistir.”22
David Murrow (Why Men Hate Going to Church) 23 es más tajante y afirma sin rodeos que los hombres ven en Jesús una figura afeminada y se sienten naturalmente repelidos por ello. La iglesia moderna, alineada hasta la médula con valores femeninos, ha convertido el cristianismo en un club de autoayuda sentimental donde el amor, la comunidad y la vulnerabilidad han usurpado por completo el lugar de la competencia, el honor y el sacrificio. Murrow sostiene que este giro ha hecho que los hombres se sientan incómodos, como intrusos en su propia fe, hasta el punto de percibir a Jesús como un supervisor moralista que los desprecia por no ser infantiles.
22 Craig, W. L. (s. f.). La feminización del cristianismo. Reasonable Faith. Recuperado el 11 de marzo de 2025, de https://www.reasonablefaith.org/translations/dutch/question-answer/la-feminizacion-del-cristianismo�
23 “Mientras hay hombres y mujeres que encajan en este tipo, las mujeres son la mayoría. Por lo tanto, hay más mujeres en la iglesia” (Murrow, 2011, p. 24).
El hombre que voltea a verse así mismo y se ve el pecho lleno de vello, deseos de competencia y fuerza intrínseca, se sienten alejados naturalmente de Jesús, a quien incluso, se le pinta con rasgos femeninos en el ideario iconográfico de algunas religiones y ve al hombre tosco, rudo, o incluso mal encajado, como una paria. Si a eso sumamos que en el catolicismo se presenta incluso a Jesús como una “mamitis” aguda, donde su “madrecita” toma decisiones por él, pues entonces no debemos sorprendernos de lo que esto ha hecho en la psique de los hombres.
Porque si Jesús es así, una especie de figura llorosa, necesitada de validación emocional constante, un ser que exige sumisión sentimental en lugar de liderazgo y sacrificio, entonces se produce una fractura cognitiva y psicológica inevitable. Porque el hombre, en su naturaleza más básica, no fue diseñado para vivir como una extensión sentimental de la feminidad, sino para ser la imagen de la fuerza, el coraje y la dirección. Y, sin embargo, el cristianismo moderno espera que los hombres, adopten comportamientos ajenos a su esencia: una fe melosa, sumergida en alabanzas interminables, en abrazos colectivos que sustituyen la cruz por una comunidad de autoafirmación. El cristianismo moderno, exige al hombre que castre sus emociones para que pueda vivir en el mundo de los maricas.
Es decir, este nuevo cristianismo, es como un ansiolítico o un proyecto MK-Ultra en el que hay que reprogramar al hombre para que no sienta nada más que amor, o al menos finja una sonrisa, aunque sardónica, permanentemente pegada a su rostro. ¿Cómo demonios se logran algo así? El ser humano posee una compleja gama de emociones que incluyen desde la alegría hasta la rabia, desde el dolor hasta la indiferencia. Estas emociones no son accidentes de programación defectuosa; son inherentes, naturales y esenciales para su supervivencia psicológica y adaptación social. De hecho, estudios psicológicos han señalado repetidamente que reprimir emociones negativas aumenta significativamente los niveles de estrés, ansiedad y depresión. 24
Considera esto: si un hombre jamás pudiera sentir alegría, sería inmediatamente catalogado como depresivo clínico, necesitado de terapia urgente o medicación psiquiátrica. Sin embargo, en un irónico y perverso giro de la modernidad, la emoción que hoy en día se sataniza con particular vehemencia es el enojo. Y aunque Jesús mismo manifestó furia contra la hipocresía religiosa (Mateo 23:13-33) y volcó mesas en el templo (Juan 2:15), hoy en día, cualquier hombre que exprese enojo, aunque legítimo, es inmediatamente diagnosticado por pseudopsicólogos, apologistas de teclado o gurús del bienestar digital
24 Gross, 2002; Pennebaker & Chung, 2007
como psicópata potencial o portador de algún trastorno patológico. Es decir, estos nuevos cristianos prefieren aniquilar al hombre real con toda la complejidad brutal de su configuración psicológica, antes que aceptar que pueda experimentar ira, rabia o cualquier emoción intensa y auténtica. La cobardía afeminada que se esconde detrás de tantos púlpitos hoy en día ha llevado a generaciones enteras de hombres a forjar un patético alter ego dulce, domesticado y falso. Prefieren castrar emocionalmente al hombre, obligándolo a vivir una mentira constante de virtud artificial, antes que admitir que la ira, la pasión y la competencia son parte inherente e inevitable de su naturaleza humana. ¿Qué clase de demencia colectiva nos ha llevado al punto en el que aceptar las emociones naturales del hombre se considere una aberración? ¡Despierten de una vez, maldita sea! Es absolutamente normal, saludable y necesario que un hombre pueda experimentar todo el espectro de emociones, incluyendo la rabia y la competitividad. Negar esto es negar la esencia misma de lo humano.
Según la Asociación Americana de Psicología (APA, 2019), la supresión excesiva del enojo conduce a un aumento de conductas pasivo-agresivas, trastornos de ansiedad, hipertensión y hasta cardiopatías. ¿Por qué entonces se insiste en esta castración emocional del hombre moderno?
La respuesta radica precisamente en el proyecto sistemático de emasculación del varón occidental, quien ya no puede expresar con naturalidad ni rabia, ni ambición, ni pasión auténtica sin ser inmediatamente censurado o etiquetado como violento o retrógrado. Esta represión emocional extrema no solo debilita al individuo, sino que fractura la auténtica masculinidad que históricamente ha defendido la fuerza, la valentía y la firmeza necesarias para sostener civilizaciones enteras. Al final, lo que buscan no es un hombre pacífico, sino dócil; no virtuoso, sino domado. Y lo peor es que esta farsa emocional termina creando generaciones enteras incapaces de enfrentar la cruda realidad con la determinación y el coraje necesarios para transformarla o al menos sobrevivirla.
¿Por qué, ¿qué demonios te encuentras hoy en día? Pues la estúpida fantasía de que la masculinidad es un cáncer, y que las nuevas masculinidades deben abrirse al llanto y sanar. ¡Vaya farsa enfermiza! Llorar nunca fue el problema real, el hombre sabe perfectamente cuándo permitirse el llanto. Ninguna feminista gorda nos enseñará sobre nuestros propios códigos. La verdadera razón por la que el hombre preserva sus lágrimas es porque entiende, de manera visceral y brutalmente honesta, que la vida es una guerra constante, un campo minado donde la vulnerabilidad se castiga despiadadamente. Nuestros abuelos no eran idiotas cuando decían: “No llore, sea hombre”. No intentaban mutilar emociones, intentaban protegernos del mundo implacable que espera cualquier señal de debilidad para despedazarnos vivos. Ninguna ideóloga del momento con sus teorías ridículas y moralinas nos explicará jamás los códigos profundos que han sostenido nuestra tribu durante generaciones. Claro, habrá quienes llevaron esa idea al extremo, hombres que se mutilaron emocionalmente a sí mismos y a sus hijos, creando círculos viciosos de sufrimiento innecesario. Pero eso no invalida la realidad esencial: ser hombre implica echarse el mundo a las espaldas, Por eso la Biblia ordena sin vacilaciones: “Sé valiente y compórtate como hombre” (1 Re-2:2), y Pablo lo subraya con firmeza diciendo: “Comportaos varonilmente”. (1 Cor 16:13)
Fuente: ANIMALES ENFERMOS. Autor: Edgar Pacheco https://edgarpacheco.com
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