Un amor como el de Cristo
David Martyn Lloyd-Jones (1899-1981)
Efesios 5:25
Verdades centrales del capítulo
- El liderazgo del esposo sólo es bíblico cuando está gobernado por el amor.
- El amor de Cristo no busca poseer primero, sino darse por completo.
- La doctrina no es enemiga de la práctica: es la raíz de una vida obediente.
- El esposo debe mirar a su esposa con cuidado, sacrificio, honra y propósito santo.
Ningún esposo tiene derecho a decir que es la cabeza de la esposa, a menos que ame a su esposa. No está cumpliendo el requerimiento escritural, a menos que la ame. Estas cosas van juntas. En otras palabras, es una manifestación del Espíritu y el Espíritu Santo no sólo da poder, sino que también da amor y disciplina. Así que, cuando el esposo ejerce su privilegio como cabeza de la esposa y cabeza de la familia, lo hace de esta manera. Debe ser controlado siempre por el amor y debe ser controlado por la disciplina. Debe disciplinarse a sí mismo. Puede existir la tendencia a imponer, pero no debe hacerlo —poder, amor, dominio propio (2 Ti. 1:7), todo eso está implícito aquí, en esta gran palabra amor.
Así pues, el reinado del esposo ha de ser un reinado y un gobierno de amor; es un liderazgo de amor. No es la idea de un papa o de un dictador; no es un caso de ipse dixit; él no habla ex cathedra. No, es el poder del amor, es la disciplina del Espíritu, custodiando este poder y autoridad y dignidad que son dados al esposo. Esa es, claramente, la idea fundamental y rectora de todo este asunto —“Maridos, amad a vuestras mujeres”—.
Pero ahora, debemos proceder a considerar, en general, el carácter o la naturaleza de ese amor. Esto, una vez más, es muy necesario en la actualidad. Dos cosas se destacan de manera flagrante en el mundo de hoy: El abuso de la idea del poder y el abuso, aún mayor, de la idea del amor. El mundo nunca ha hablado tanto sobre el amor como lo hace hoy. Pero me pregunto si alguna vez ha habido un tiempo en que haya habido menos amor. Estos grandes términos han sido degradados tanto que mucha gente no tiene ni idea del significado de la palabra amor.
“Maridos, amad a vuestras mujeres”. ¿Qué es este amor? Felizmente para nosotros, el Apóstol nos lo dice… Él dice: “Maridos, amad a vuestras mujeres, así como” —“así como Cristo amó a la iglesia”—. Aquí, una vez más, muestra cuán deseoso está de ayudarnos. La sola mención del nombre de Cristo le lleva, inmediatamente, a elaborar la afirmación. No puede limitarse a decir: “Como Cristo amó a la iglesia”; él debe ir más allá y decir: “Y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra, a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha”. Dice todo eso para ayudar al esposo a amar a su esposa como debe amarla.
¿Por qué, entonces, elabora el asunto de esta manera? Creo que hay tres razones principales. Primero, quiere que cada uno de nosotros conozca el gran amor de Cristo por nosotros. Quiere que nos demos cuenta de la verdad sobre Cristo, y sobre nosotros mismos y nuestra relación con Él. ¿Por qué le preocupa tanto esto? Su argumento es, claramente, el siguiente: Sólo cuando nos demos cuenta de la verdad sobre la relación de Cristo con la Iglesia, podremos funcionar, realmente, como deben funcionar los esposos cristianos. Para que esto quede claro, termina diciendo: “Grande es este misterio; mas yo digo esto respecto de Cristo y de la iglesia”. Pero, ¿por qué habla de Cristo y de la Iglesia? ¿Por qué nos ha llevado a ese misterio? Para que los esposos sepan cómo amar a sus esposas. Y ahí es donde la gente simplista y superficial que se burla de la doctrina, muestra su necedad y su ignorancia. ‘Ah’, dicen ellos, ‘a esa gente sólo le interesa la doctrina; nosotros somos gente práctica’. Pero no puedes ser práctico sin doctrina, no puedes amar verdaderamente a tu esposa, si no comprendes algo de esta doctrina, de este gran misterio. ‘Ah’, dicen otros, ‘es demasiado difícil; no puedo seguirla en absoluto’. Pero si quieres vivir como cristiano, tienes que seguirla, tienes que aplicar tu mente, tienes que pensar, tienes que estudiar, tienes que tratar de entender, tienes que luchar con ella. Está aquí para ti y si le das la espalda a esto, estás rechazando algo que Dios te da y [por eso], eres un terrible pecador. Rechazar la doctrina es un pecado terrible. Nunca debes poner la práctica en contra de la doctrina porque no [hay buena práctica] sin ella. Por eso, el Apóstol se toma la molestia de elaborar esta maravillosa doctrina acerca de la relación entre Cristo y la Iglesia, no simplemente por el hecho de enunciarla, por importante que sea, sino para que tú y yo en casa, podamos amar a nuestras esposas como debemos amarlas: “Así como Cristo amó a la iglesia”.
Así, ahora podemos considerar el problema de la siguiente manera: El principio que debe regir nuestra práctica es que la relación entre esposo y esposa es la misma, en esencia y en naturaleza, que la relación entre Cristo y la Iglesia. ¿Cómo lo abordamos, entonces? Debemos empezar estudiando la relación entre Cristo y la Iglesia, y entonces, y sólo entonces, podremos examinar la relación entre el esposo y la esposa. Eso es lo que hace el Apóstol. “Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la Iglesia”. Dicho esto, nos dice exactamente cómo Cristo ha amado a la Iglesia. Entonces, él dice: ‘Vayan y hagan lo mismo; esa es su regla. Esa es la primera gran doctrina’.
Comenzamos entonces, considerando la relación de Cristo con la Iglesia. Aquí hay algo que concierne a todos —no sólo a los esposos, sino a todas las personas—. Lo que se nos dice acerca de la relación de Cristo con la Iglesia es verdad para cada uno de nosotros. Cristo es el Esposo de la Iglesia; Cristo es el Esposo de cada creyente. Tú preguntas: ‘¿Dónde encuentras esta enseñanza?’. La encuentro, por ejemplo, en la Epístola a los Romanos, capítulo 7, versículo 4: “Así también vosotros, hermanos míos, habéis muerto a la ley mediante el cuerpo de Cristo, para que [os desposéis con] otro, del que resucitó de los muertos, a fin de que llevemos fruto para Dios”. Cristo es el Esposo de la Iglesia; la Iglesia es la Esposa de Cristo. Cada uno de nosotros puede, en ese sentido, considerar al Señor Jesucristo como su Esposo y lo hacemos, colectivamente, como miembros de la iglesia cristiana.
¿Qué nos dice el Apóstol acerca de esto? Lo primero que nos dice es acerca de la actitud del Señor Jesucristo hacia la Iglesia, de cómo la ve Él. Aquí hay una instrucción para los esposos. ¿Cuál es tu actitud? ¿Cómo ves a tu esposa? Justo aquí, el Apóstol nos dice algunas cosas maravillosas. Pueblo cristiano, ¿se han dado cuenta de que estas cosas son verdaderas acerca de ustedes como miembros de la iglesia cristiana? Observen las características de la actitud de nuestro Señor hacia su Esposa, la Iglesia. Él la ama, “así como Cristo amó a la iglesia”. ¡Qué expresión tan elocuente! La amó a pesar de su indignidad; la amó a pesar de sus deficiencias. Fíjense en lo que Él tiene que hacer por ella. Ella necesita ser lavada, necesita ser limpiada. Él la vio en su miseria, en su desolación; pero la amó. Esa es la cumbre de la doctrina de la salvación. Nos amó —no por algo que hubiera en nosotros—. Nos amó a pesar de lo que había en nosotros, “siendo aún pecadores” (Ro. 5:8). Amó a los impíos, aún “siendo enemigos” (Ro. 5:10). En toda nuestra indignidad y vileza, Él nos amó. Él amó a la Iglesia, no porque fuera gloriosa y hermosa; no, sino para hacerla así. Tomen nota de la doctrina y vean lo que tiene que decir a los esposos. Un esposo se enfrenta a deficiencias, dificultades, cosas que siente que puede criticar de su esposa; pero él ha de amarla “como Cristo amó a la iglesia”. Esa es la clase de amor que debe mostrar. Hasta aquí el primer principio.
El segundo principio es éste: “Se entregó a sí mismo por ella”. No sólo estaba dispuesto a sacrificarse por ella. Sino que, en realidad, se sacrificó por ella. ¡Tal es el amor de Cristo por la Iglesia! Sólo podía salvarla dando su vida por ella y dio su vida. Esa es la característica del amor de Él.
Entonces, toma nota de su gran preocupación por ella y por su bienestar. Él la está mirando. Se preocupa por ella. Él ve las posibilidades en ella, por así decirlo. Él desea que sea perfecta. Por eso, Pablo continúa diciendo: “Para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra, a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante”. Pueden ver su interés en ella, su amor por ella, su orgullo por ella. Esas son las características del amor de Cristo por la Iglesia —este gran deseo de que ella sea perfecta—. Y Él no estará satisfecho hasta que ella sea perfecta. Él quiere poder presentársela a Sí mismo como una iglesia gloriosa, “que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante”. Él quiere que sea perfecta, más allá de toda crítica. Él quiere que el mundo entero, por así decirlo, la admire. Así, se nos dice en el tercer capítulo de esta epístola, en el versículo 10, que Él ha hecho todo esto “para que la multiforme sabiduría de Dios sea ahora dada a conocer por medio de la iglesia a los principados y potestades en los lugares celestiales”. Es este el orgullo del Esposo por su Esposa: Él está orgulloso de su belleza, orgulloso de su apariencia, orgulloso de todo lo que le pertenece y Él quiere mostrarla a la familia, a todas sus criaturas. Esa es la clase de relación que existe entre el Señor Jesucristo y su Iglesia. Estoy extrayendo el principio de los detalles primero porque nos dan un entendimiento de esta maravillosa relación mística. Y así, el cuadro es de nuestro Señor regocijándose en la relación —feliz en ella, triunfante en ella, gloriándose en ella—. No hay nada que Él no hará por su novia, la Iglesia.
Tal es el primer gran asunto que surge en el tratamiento que hace el Apóstol de este vasto y excelso tema. Tenemos que comenzar con este cuadro de Cristo y la Iglesia. Vemos cómo Él la ve, lo que hace por ella porque la ve de esa manera, lo que tiene en mente para ella —su objetivo final—. Y debido a todo esto, existe el extraordinario concepto de la relación mística, la unidad, la idea de que son una sola carne y que ella es su cuerpo. “Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la Iglesia”.
He aquí, pues, nuestro primer gran principio —Cristo ama a la Iglesia—. La relación entre Cristo y la Iglesia es la que debe existir entre esposo y esposa. Así que, empecemos por ahí. Observemos la gran doctrina de la Iglesia. Vengan todos ustedes, casados y solteros. Esto es verdad para todos nosotros porque estamos en la Iglesia. ¡Qué maravilloso es darnos cuenta de que estamos en esta relación con Cristo! Así es como Él te ve, esa es su actitud hacia ti. El principio es éste: Este amor, este amor semejante al de Dios, está totalmente por encima del erótico y filantrópico que es lo más elevado que el mundo puede conocer. La gran característica de este amor —y aquí es donde, esencialmente, se diferencia de los demás— es que éste no está gobernado tanto por el deseo de tener, sino por el deseo de dar. “De tal manera amó Dios al mundo”. ¿Cómo? “Que ha dado”. No hay nada malo con los otros tipos de amor —ya lo he dicho previamente— pero, incluso cuando estén en su mejor momento, siempre son centrados en sí mismos, siempre están pensando en sí mismos. Pero la característica de este otro amor es que no piensa en sí mismo. Él se entregó a Sí mismo; murió por ella —“hasta la muerte”—. El sacrificio es la característica de este amor. Este amor es un amor que da; no está siempre considerando lo que va a tener, sino lo que puede dar en beneficio del otro. Esposos, amen así a sus esposas ¡como Cristo amó a la Iglesia!
Tomado de La vida en el Espíritu en el matrimonio, el hogar y el trabajo: Una exposición de Efesios 5:18-6:9 ( Life in the Spirit in Marriage, Home, and Work: An Exposition of Ephesians 5:18-6:9 ) (Edinburgh; Carlisle, PA: Banner of Truth Trust, 1974), 132-141, usado con permiso; www.banneroftruth.org.
David Martyn Lloyd-Jones (1899-1981): Predicador expositivo y autor galés; nacido en Cardiff, Gales, Reino Unido.
Todo lo que concierne a tu esposa debe hacerse con amor. Tus pensamientos deben ser pensamientos de amor; tus miradas deben ser miradas de amor; tus labios, como el panal de miel, no deben dejar escapar más que dulzura y amor. Tus instrucciones deben estar ribeteadas de amor; tus reprensiones deben estar endulzados con amor; tu porte y toda tu conducta hacia ella, no deben ser, sino el fruto y la demostración de tu amor. ¡Oh, cómo amó Cristo, quien es tu modelo, a su esposa! Su nacimiento, vida y muerte no fueron sino, por así decirlo, un escenario en el que el amor más ardiente imaginable, desempeñó su papel en la vida, desde el principio hasta el fin.— George Swinnock
La formación de la mujer a partir del hombre, muestra cuán grande debe ser su afecto hacia ella, es decir, hacia sí mismo. Ella no fue hecha de su cabeza para ser su soberana, ni de sus pies para ser su esclava; sino de una costilla de su costado para mostrar cuán cerca debe estar de su corazón.— George Swinnock